2.1 Estrés, coaching y modernidad

Tenía todo lo que un mortal puede desear: una mujer de bandera como novia, un trabajo interesante, dinero para gastar en estupideces y amistades de esas que puedes contar con ellos cuando te emborrachas en una fiesta.

Un día me doy cuenta que mis niveles de crispación son alarmantes y eso echa al traste mucho de lo que puedo disfrutar dadas las circunstancias. Hago en internet un test de estrés y ¡zumba! Tengo un problema estresante (valga la redundancia).

Me asusté. Pero, ¿qué podía hacer? Si hacía sólo seis o siete años me tiraba el mundo a la espalda como un capote… Es cierto que ahora tenía más responsabilidades, pero mis habilidades no habían disminuido. Si seguía así acabaría en un psicólogo, un psiquiatra o peor, con aquella amiga de mi madre que echa el Tarot.

Y ahí empezó mi búsqueda inútil de métodos de organización. Pero, curiosamente, a medida que buscaba, la ansiedad aumentaba con la fuerza equivalente a mi alteración, multiplicada por tres.

Y, me dirás, “te complicas la vida… vete de vacaciones, sal de farra y asunto resuelto”.

En efecto, irse de vacaciones tranquiliza. Pero eso es lo que hace todo el mundo y no le sirve a largo plazo. Es como poner una tirita en una herida de 20 cm. Tampoco me ha funcionado tratar de convencerme a mi mismo al más puro estilo New Age “Estoy tranquilo, estoy en paz, soy maravilloso.”

La verdad es que la ciencia no ha encontrado un remedio o medicina para la fatiga mental y la ansiedad. Hay volúmenes enteros hablando del tema, pero nadie tiene demasiado claro cual es el mecanismo que los produce y mucho menos han dado con una solución.

Nos dicen que tenemos que “tranquilizarnos”, pasear, tener algún hobby. Son afirmaciones y soluciones tan banales como improductivas. Otra solución que algunos proponen, utilizar fármacos, es dada por cierto tipo de seres humanos que más bien deberían dedicarse a la investigación con cobayas (estoy en contra de la investigación con cobayas, pero lo pongo de ejemplo, porque no se me ocurre otro mejor).

Los propios psicólogos, psiquiatras y vecinos del quinto que te recomiendan pastillas que “les van muy bien” a ellos o a sus cuñados, no suelen ser exactamente un ejemplo de sobriedad, relajación y vida feliz.

Me estaba fastidiando ya, que en pleno siglo XXI, no haya alternativas ni remedios claros. En estos últimos meses descubrí el método Covey, y me funcionó bien. Pero eso fue antes de que me ascendieran a jefe de sección, ya no resultaba con la nueva complejidad de mi trabajo.

Probé con el coaching emocional (nadie sabe muy bien que es, por eso cada “experto” tiene 20 folios para explicarlo). Pero nadie dio con una sencilla y efectiva fórmula para conseguir algún resultado digno y fehaciente, aparte de jurar y perjurar que cuando sales de esas charlas, estás lleno de “energía positiva”.

Tampoco me sirvió consolarme con que poco a poco la sociedad va evolucionando hacia el trabajo en casa y cada vez hay más máquinas para sustituir nuestras “tareas”. Y llegará un día que simplemente haremos lo que nos de la gana.

Hasta ese entonces, ¿tendré que soportar un grado de ansiedad que no me permite disfrutar a plenitud de mi “tiempo libre”?

Yo, como buen holgazán de primera categoría, quiero una solución que no comporte demasiado esfuerzo, y la quiero ya. Si tienes tiempo, lee la siguiente entrada…