El águila y la gallina

El águila y la gallina

N. del A.: Esto no es un aforismo, pero no voy a crear una sección para un solo cuento/fábula.

Había una vez un águila real y una gallina.

El águila salvaje estaba acostumbrada a su vida de libertad y peligro; la gallina, feliz, no conocía nada más que la seguridad de su estrecha pero cómoda jaula.

Un día, por aquellos azares del destino el águila, por naturaleza curiosa, entró en aquella nave industrial enorme. Primero, asustada, observó las hileras de jaulas, perfectamente simétricas, las luces que proporcionaban calor, los comederos automáticos, la escasa iluminación a través de los huecos de ventilación (por los que a duras penas se colaba el aire fresco).

Y allí vió a la gallina. Primero la gallina se asustó, bueno una mezcla de susto y placer, porque el águila en su majestuosidad y libertad salvaje le atraía mucho. El águila se sintió también atraída por la pulcritud de sus plumas, el regordete cuerpo bien alimentado y la sensación de seguridad que despedía el estar a salvo de enemigos y calamidades naturales.

Empezaron a hablar, aun secretamente conscientes del peligro que entrañaba atreverse a conocer sus muy diferentes mundos.

La gallina le contaba como allí en su jaula, todo estaba muy seguro, la comida a las horas, un médico siempre atendiendo para que no enfermara, no hacia mucho calor ni frío, pero a la vez sabia que toda esa comodidad tenia un precio.

Cuando engordara lo suficiente iba a ser vendida. Un camión iba a venir a llevársela a un lugar del que sabia que nadie había vuelto. Se convertiría en un artículo de consumo, si no es que ya lo era, y al contarlo se entristeció, porque en su soledad se había hecho a la idea que su vida era fácil y cómoda y al contarla fue más consciente de su terrible situación.

El águila por otra parte, le contó que anidaba en una montaña inexpugnable para el hombre, estaba todo el día buscando su sustento oteando desde el cielo en busca de algo que comer. No tenia certeza de si iba a comer o no todos los días… pero.. ¿y esa sensación de libertad, surcando los aires, aprovechando las corrientes, aprendiendo a volar cada vez más alto y más rápido con cada vez menor esfuerzo?

Sabía que su vida estaba llena de peligros, pero no cambiaría su libertad por ninguna promesa de seguridad. Le dijo que no sacrificaría nunca su libertad aunque inestable y peligrosa por la muerte lenta de la jaula.

Pero ocurrió que, de alguna manera se enamoraron. Quizás porque los polos opuestos se tocan, quizás porque uno tenía lo que le faltaba al otro, o quizás simplemente porque el amor no conoce convenciones sociales y protocolos.

¡Ay, que dolor!, el águila veía a su gallinita atrapada, en su falsa y mortal seguridad, su destino estaba marcado. Él la dijo: «Vente conmigo, yo te llevaré a mi nido inexpugnable, muy lejos de este criadero y te libraras del matadero».

Ella le dijo: «Mira mis alas, no puedo ni volar unos metros, que decir de acompañarte a tu montaña. Déjalo amado mío, yo también te quiero, pero nuestros destinos son diferentes».

¡Ay! El pobre águila se paso rondando el edificio del criadero, días y días y la pobre gallina, viéndolo aún sufría más.

El águila pensó al principio que la gallina era una cobarde, ¿cómo no iba a poder ir con él? Ya se las arreglarían de alguna manera.

Se enfadó, rogó, trató mil trucos, mil argumentos, mil planes para convencer a su amada de que debía intentar huir. Pero en vano, pues ella tenia mucho miedo a la incertidumbre de la vida del águila y no se veía preparada. Ella se conformaba con ver al águila de vez en cuando y que le contara historias de otros países, aventuras y relatos de su azarosa vida.

Paso el tiempo y llegó el temido día. Un camión del matadero llegó para llevarse a la pobre gallina, junto con muchas de sus engordadas amigas. Bajo la aguda mirada del águila, el conductor del camión estuvo un rato hablando con el avicultor, pactaron un precio, firmaron unos papeles y después llegó la hora de la partida.

El águila enloqueció hasta el punto de atacar al conductor. No estaba dispuesto a que se llevaran a su amor así. El hombre no había visto nunca un águila tan salvaje… parecía que estaba dispuesta a no dejarle partir.

Finalmente, logró subir a la cabina del enorme camión y arrancó.

¡Ay!, cuanto dolor… pobre águila y pobre gallinita. Ella veía todo desde su jaula. Aunque había miles de ellas, el águila supo reconocerla y voló y voló para no perder de vista el camión…

Aunque hacia tiempo había sufrido la pérdida de su pareja águila en un accidente, nunca había sentido tanto dolor desde entonces.

Creía que ya había superado todas las pruebas de la vida, viviendo de esa forma tan salvaje, creía que ya conocía todas las sensaciones por haber volado por muchos países, sólo con la fuerza de sus alas.

Pero ahí estaba, sufriendo desesperadamente por una simple gallina… por amor.