Los monjes y el río

Una vez, dos monjes tibetanos que viajaban en peregrinación llegaron a un río caudaloso. Allí vieron a una mujer vieja y fea leprosa sentada en la orilla, pidiendo limosna. Cuando los monjes se acercaron, les rogó que la ayudaran a cruzar el río.

Uno de los monjes instintivamente sentía repulsión y disgustado, recompuso su larga túnica monacal y se metió en el río. Ni siquiera se molestó en esperar a su amigo, ante la duda de que el otro monje abandonaría a la leprosa o no y el deseo de seguir viajando a su lado.

Sin embargo, el segundo monje sintió pena por la vieja bruja decrépita y la compasión natural floreció en su corazón. Cogió a la criatura leprosa, la colocó sobre su espalda y se esforzó desde la orilla del río hacia la corriente turbulenta.

Como es natural, su hermano monje había llegado con seguridad al otro lado mucho antes de que el lama cargado con su paquete de trapos sucios y huesos, incluso llegara a mitad de camino.

Entonces sucedió algo asombroso. A mitad de camino, justo donde las cosas se ponían más difíciles, con el agua fangosa borboteando en sus muslos y las ropas de lana empapadas de agua ondulando como velas, repentina y milagrosamente, le pareció sentir que la carga era levantada de su espalda. Mirando hacia arriba, vio que el Buda femenino Vajrayoguini en persona se elevaba con gracia, llevándolo al paraíso con ella.

El primer monje, castigado e instruido de manera directa en la naturaleza de la compasión y las formas ilusorias, continuó su peregrinaje, esta vez solo y a pie.